I
Las luces se apagan,
se hace la noche, triste,
alegre, bulliciosa, los últimos
mosquitos hacen su ronda
ansiosos de rojo alimento.
Hay un momento en que miro
el cielo y las estrellas me sonríen,
la inmensidad me permite, bondadosa
ver parte de su cuerpo.
Le sonrío también y me compadece,
me pone su velo opaco sobre el cuerpo
y me dice de frente que soy un punto
de su manto y me cubre con él.
II
Es necesario que nos integremos,
que estemos cantando al mismo tono,
sin embargo, la luz de nuestras vidas
se obscurece, se disgrega en hilos, se esfuma.
Tu presencia es una nota que no debe faltar,
pero a mi pesar, se ausenta, la diferencia
crece nuevamente y el adiós me sonrie,
como Venus, en el manto de la noche.
Hay un momento en que siento el accidente
de la vida como una pesada carga, no la deseo,
y siendo así, me detengo a ver la vida que me
rodea y me fascina, me siento afortunado
de presenciarlo, pero no alcanza a atraparme.
III
Siento mi existencia como una gota de lluvia
que perdiéndose en el mundo llegará a alguna
parte, desearía que llegara al botón, perfumado
de razones e ideas, de Cecilia, la flor de sorpresas.
Pero algunos vientos de infame naturaleza
insisten en cambiar mi trayectoria, me alejan,
mas valiera que me consumiera, pero sigo,
la incertidumbre me desvía, y pareciera
que la flor misma voltea sus pétalos y se va.
Y entonces si me reconozco agua, simple
y compleja, util siempre e inutil eternamente,
el tiempo en su marcha incesante se niega
a llevarme atrás, a deshacer los nudos
de la vida, que en este punto me ahogan.
El arrepentimiento muestra su cara sucia,
lo aborrezco, me saluda y su voz es una
ofenza que me hace seguir esquivando
a la desesperanza, cayendo en el misterio
de la vida, buscando, intentando un lugar
donde caer, abre tus brazos, estoy cerca…
Entradas (RSS)