9/11/08

10:30 pm

Era la tercera y al parecer la última de las noches a duermevela y la primera en la tercera de las 500 noches que Sabina pronosticaba para el olvido.

Ya saben a que sabe la desilusión a primera instancia, a café frío después de 2 días a la intemperie, un timón sin timonel que lo dirija, sabe como a media noche con sueño, a tabaco Marlboro sabor Camel, sabe a cosquillas desganadas y a cobijas que en vez de dar calor dan frío.

Cuando un mes de Abril se va por la puerta… no regresa, no se va… desaparece…

Teníamos un pacto, el de yo morir por ella y ella de… ella de estar conmigo, un pacto implícito… pero estaba ahí, en el lugar de las incomodidades… de las sorpresas que no sorprenden pero si lastiman.

Teníamos el pacto de mentirnos, uno más que otro, pero mentirnos, uno más mentira que el otro, pero mentirnos, otro más verdad, pero mentirnos, otro más que otro, pero mentirnos.

Aún recuerdo el momento en que sellamos ese pacto con miradas licenciosas y llenas de pretensiones muy nuestras, muy de nadie; con esas manos que se infiltraban en las cavernosas situaciones de peligrosidad y placer… un pacto para vivir, del que salgo… con una valija llena de intentos de… con agotamientos malditos y una franca certeza de ebriedad, intoxicado loco y sin humor, como sonaba una triste canción del argentino bersuit.

Aunque le pidiera que volviera a destrozarme la boca con su boca, los ojos con su desnudes, mis manos con sus muslos, mi tórax a punto de consumirse con sus senos, mis cabellos con el aire que respira, sus cabellos tropezando torpemente con mis labios de vez en vez…

 

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