(Hijo bastardo del poema EL AEROPLANO de Bernardo Ortiz de Montellano)
Para que las aguas no le desconozcan, consintiendo nadar entre ellas, fue cubierto de algas. Para que pudiera nadar, con giros elegantes y atrevidos, le dieron forma de caballito de mar. Para comprender su sensibilidad, le pusieron en el lado izquierdo una máquina y en todo el dorso y la cabeza un sin fin de finos hilos que cuando no pasa peinilla por ellos, lucen enmarañados.
Manchado del color de la tierra va con la rubia luz del día, sujeto de la mano del mar y a la voluntad de las cálidas olas, delineando el paisaje —pulpos, corales, cangrejos— en su cuaderno marino.
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