De:Teresa María Margarita Rivera Güemes
En una puerta solitaria de una casa cualquiera,
de fachada, triste y fría muy fría como su alma,
ahí dejamos de ser uno mismo, madre e hijo al fin,
rompieron el único lazo que los unía.
Y desde entonces ¡hijo de la calle soy!
como pretexto, el hambre, el engaño el cansancio,
la soledad ,mil formas de justificar la impiedad
y ahí en el quicio de una puerta
mi llanto inocente clamaba diciendo:
¡madre, madre ! no me abandones
y pared a pared resonaba el eco,
la quieta noche reflejaba la luz de la luna,
entre las sombras las fuerzas desfallecían,
y arrullado en la neblina nocturna,
estremecido de frío el corazón latía lento.
¡De pronto!¡de pronto!
la misericordia del Dios eterno resplandecía,
¡Bendito Dios es una criatura
¡Dios que crueldad! ¡santísimo señor!,
no permitas que muera!¡alguien ayúdenme!
está casi muerto. Gritaba una mujer de triste mirada.
Han pasado veinte años
y vuelve a surgir la misma historia
no, no morí ¡soy yo mírenme!
¡hijo de la calle soy, hijo de la calle fui!
no se de donde vengo porque la mujer que me diera la vida
a la siguiente cuadra donde me abandonara
fulminada como un rayo murió.
¡Hijo de la calle soy!
se adonde dirijo mis pasos y es a ti a ti escucha y dime
¿acaso vale tanto una noche de pasión,
una quimera sin sabor, un te amo sin valor,
hacer hijos de la calle y abandonarlos sin compasión?
yo tuve la suerte en aquella noche tenebrosa
de encontrar una madre, a una anciana dulce y tierna,
aprendí de ella el amor a la vida, al trabajo,
a tener una ilusión, a la esperanza de la fe fallida
El pan nunca faltó ni el calor de su regazo.
Sabia como la naturaleza dirigió mis pasos
para ser un hombre de bien, hace unos años
cuando ella murió prometí ir de calle en calle
trabajando duro para subsistir, y de puerta en puerta
hice mandados, de oficio, bolero y criado ¡ si señor!
de limpiador de carros un taco no me faltó.
Los vecinos se iban turnando con un trapo y un jabón,
el Profe. de la escuela muy pendiente
con un cuaderno y un lápiz nunca me olvidó.
Y cuando la añoranza del recuerdo volvían
corría al cementerio y podía sentir sus caricias diciendo:
¡Ánimo hijo otro día ya terminó.
¡Hijo de la calle soy!
y cuando un día encuentre de nuevo el amor,
no el de madre, sino el de aquel que brinda la pasión
y tenga a un hijo entre mis brazos,
¡gritaré con ahínco y con fervor!
¡hijo de la calle soy!
¡ porque mi madre me abandonó y este hijo mío tendrá todo lo que a mí la vida me negó.
Teresa María Margarita Rivera Güemes