He dejaó la  marca de mis patas

en cada suspiro que suspira,

en cada sueño que sueña,

en cada lucero que luce tal que vela marchita.

Como onda de agua

que con tacto fino acaricia

el pétalo de las pupilas.

 

Pon tu mano en este tronco de pensar,

que de pensar tanto ya no piensa,

que de soñar en exceso ya te añora

en el infierno de la lujuria

do anidan las ratas y los cuervos.

 

Rompe, ¡hay! las cadenas de mi instinto,

huesos de mis huesos, voz de mis silencios

que de tanto querer voy queriendo

dar placebos a los mendigos

y migas a los enfermos.

            Como hilo del Nílo

            crisol, amén de niños,

            azar del fracaso.

 

Sangra oasis del destino que,

no dispongo de horas como Palas,

más he de cavar al aire

la tumba de mi pluma.

 

Llora la muerte sobre mi hombro

en el destierro, nadie el ama,

ponte a cantar, el infierno ya es sólo humo,

el infierno ya es sólo humo,

nuestro infierno, ya es uno, sólo humo… y uno.

¡qué nos toca respirar!


Rafael Ramírez

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