De: Víctor Hugo Dorantes 

 

Todo comienza con una sola palabra

el lápiz es de roca y cemento,

pausado en espacios muertos

en sorbos de café y fumarolas de tabaco,

el canto de los grillos.

 

Zapatos descalzos en cuerdas flojas

donde caen los fatalistas con absurdo

final feliz.

 

Comenzar con una palabra

típico del cuentista con boca holgazana

que traga en vez de escupirla.

 

Yo camino con el fenómeno de la mano

a su campo de mortecinos,

voy a recoger una victima

una víctima que no ha sido mi pasado

que no es mi presente, que no será mi futuro.

 

Algo que se tenga que inventar, que no use pies ni cabeza,

unos rollos de carne muerta, una iglesia con fuego bendito,

algo del ala, copos de nada, ser absurdo con Z.

 

No había que ir tan lejos, me desperté con una canción,

me levante con la cadera atolondrada y el sueño en la boca,

revisé bajo la plantilla de mi zapato izquierdo,

saqué un homínido envuelto con un collage de retazos de tela,

estaba ya viejito, con las uñas arrugadas como para resistirse,

hurgaba adentro de sus ojos como queriendo sacarse el sueño que yo tenía.

 

Y entonces encontré el comienzo de la historia que pretendía hacer;

Había una vez en un lejano zapato frondoso un cuento dormido… 

 

Víctor Hugo Dorantes 

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