Gabriel Impaglione (Argentina)*

 

 

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Tierra de altas montañas en cuyas cimas

apoya el luto su estructura de abismo

para llover después profundamente oscuro

como si una noche desmesurada

ocupara los siglos.

Permítanme que les cuente

un poco de su historia:

A sus costas sin miedo llegó la ignominia

inflando velas como demonios blancos

de su vientre bajaron espadas y cañones

perros inciensos verdugos con azufre

y fue entonces la muerte el nuevo gobierno

y se decretó exterminio.

Ya no quedaban espaldas para el látigo

y del áfrica trajeron su triste cargamento.

Volvió la ignominia en sus proas cuchillo

a abrir otra herida feroz en la isla.

De las naves bajaron hijos muertos y esclavos

y también la semilla de un grito riguroso.

Con el dolor filoso rompieron los grilletes

antorchacanto de volar  se alzó en la noche

y luego hicieron cuna con el primer grito

y el grito pobló la tierra de bandadas.

El primer grito de Ayití fue un viento rojo

que pasó quemando yugos e imposibles

y levantó hacia el sur un gran ejército

de nuevas banderas y flamantes himnos.

Permítanme que les cuente

un poco de su historia

porvenir:

Ayití la bautizarán un día los hermanos,

volverá el fuego original la siembra urgente.

Será en Ayití en ruinas en duelo en rabiosa

hora el nuevo parto.

De las manos de tus cien mil muertos

será construida el ala y la mirada?

Sacudirás el polvo de tiranos y sátrapas

gerentes, verdugos, sanguijuelas,

y con sangre nueva sembrarás infinito?

Tal vez no podamos sujetar la tierra

inmovilizar su caprichosa cabalgadura,

pero sí podremos construir aulas y rondas,

hospitales, casas, fábricas, futuro.

Y te llamarás Ayití, hija de tus hijos

media isla universal y pura.

Perla en cuya esencia la llama inexorable

gobernará los tiempos.

 

 

*(Director de la Revista Isla Negra) poesia@argentina.com

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