De: Mario R. Aguilar V.


¡Qué ventanas novicias!, delatoras del atrevimiento en disimulo.

Con tanta vivacidad inviable sería atemperar tus formas de pecado.

Mas aún con el oído hermoso y dispuesto,

sólo percibirás el sigilo de lo hablado.

Hierba negra, tela suave, acariciante;

entre corazones arrobada, sin quedarse ni uno solo.

Tu sofisticada utilería, henchida de luz, piel y sustancia,

ya presagia una nítida fragancia,

que sólo otorga un despertar de frescor glauco.

Una ondulación somática serpenteante, coronada por la mota en tu quijada;

evoca ya la vista de una chiquilla traviesa.

Atrás lo opaco, resplandece la epidermis, disipa con beldad cualquier vapor;

reconozco en mi una intención aviesa,

que suscita lo que a veces, también se conoce como amor.

De: Mario R. Aguilar V.

¿Te agradan nuestros escritos? Compárte...

Deja una Respuesta