Archivo de 25 Febrero 2010

Dejo de saber para ser aprendido no conociendo el recurso que pueda urgar mi atención. Moriré tan sabio como delgado sin conocer hambruna alguna. No podré comer la gentileza de la mujer si no cocina el espasmo del encanto. Sin belleza no hay poesía, sin poesía no hay mujer bella, sin mujer bella nos queda un poeta inservible. Estoy en la sombra por que ahí se hace el frío, en el terreno del sol está la claridad de mi rostro avergonzado, un rostro avergonzado es el espectáculo de no se cuantas gentes. Congestionado vivo los años, años de un pagano, universo pagano de un dios que no cree en nosotros, un dios que manosea la debilidad ajena.


No podría ser mejor un paisaje que no se mueve, unos ojos en coma. La opacidad del día lleva lágrima al infinito, el pozo del cielo llueve cuerdas con nudo ajustable para voluntarios. La vejez correcta; encerrarse en el baño a leer un libro y llorar mirando una fotografía en el espejo. El mar son piedras, gotas esporádicas que llueven al revés que se llevan las sonrisas del alma.


Se está arriba o abajo. Arriba o abajo comen todos por igual, pero no se digiere lentamente donde los alimentos son arrojados al azar del viento. Mueres de hambre o senil, la muerte es la misma en todos los ojos. Vienes al mundo y te envenenas con el fruto de tu árbol genealógico, te vas y cae una manzana, caigas o no, procura no tocar el suelo de aquel que cuenta las estrellas, mejor devora a la serpiente de un solo idioma, enciende el paraíso que no habrá poesía para esa mujer de tres letras, ven , siéntate conmigo aquí en el mismísimo infierno donde yo te comprendo…

VICTOR HUGO DORANTES RODRÍGUEZ

Con tanto frío que se apagan hasta las luciérnagas.
Tanto frío que no puedo dormir fuera de mi.
Tanto frío que no puedo salir a ver morir a los indigentes.
Tanto frío que los pulmones no dejan ni hablar a los abrazos.
Tanto frío que llueven pedazos de nube.
Tanto frío que las rendijas se abrazan.
Tanto frío que el odio y el amor duermen juntos en mi cama.
Tanto frío que el fuego se dibuja pálido.
El aroma congelante viene a incapacitar el paisaje, dentro de las calles blancas los paraguas cubren el sol desaparecido. Diminuta briza acariciando los abrigos, ventanas que atraviesan la canícula, la señora de la florería abrazada a su chal, flores odiando ser deseadas en días tan colerantes. Calles que duermen temprano son calles que parecen dormir de día también.
Tan fatalista la gente de por aquí, de por allá, maldiciendo al día. Hoy es día de café, mañana será día de café y de aburrición, pasado mañana será día de café de aburrición y de películas. El periódico no pierde rastro, asustando personas sin perder el hilo. Monopolio de la gripa, farmacias vendiendo la gesta. El buenos días escondido por ahí arrastrando su mal ingrediente. Tanto frío que el buenas noches se torna galante…

VICTOR HUGO DORANTES RODRÍGUEZ


El último en dormir; veo amanecer el pasado antier. Un retraso de garganta. Tengo visiones en la córnea derecha, la cortina del sueño enciende su crepúsculo.

El último en ahogar las paredes. Atipujo las silabas que ya no caben en mi mente en la boca del muro. Un escritor que no muere de hambre, si no de indigestión por el feto encajonado en el cráneo. Pisadas de araña para escribir versos sin idioma. Crecí una montaña para ver más allá de mi corral.

El último verbo en albergar un cuerpo, vivir la ciudad hasta su devastación, amamantar los escotes. Poeta sin época, mi sueño sin pulso, compasión de vena saltada, teoría del caos y trecientassesentaycinco mariposas aleteando en la palma de mi mano.

El último en esperar que el universo condene, el último matusalén.

El último en ver apagadas luces, peste blanca, siete trompetas de fantasía, un cuento antes de roma, un hombre bueno hace tres cristos…

Yo el último. El último invitado del silencio…

VICTOR HUGO DORANTES RODRÍGUEZ