Con el primer hálito de vida,

Me entregaron un  mapa del destino

Que marcaba la ruta a su morada.

Al seguirla hallé sitios de encanto,

Con remansos de paz  y de quebranto,

Y aprendí a  sonreír y a lamentar.

Conocí la bondad  de la existencia,

Tuve enojos, suplicios y sollozos.

Pero alcancé el amor y vi a mi prole.

Y  al final, resignada, y muy tranquila,

Sin temor y además agradecida,

Cerré los ojos y me entregué a la Muerte.


Elvia Madrigal M.

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