Un resplandor pequeño, pero intenso,
atisba tu recuerdo en la obscuridad,
tu cabello, tu estelar mirada,
estrellas y lunas,
en la bóveda café
de tus pupilas encantadas.

Escampa en la madrugada,
aromático serenar de ideas
un peculiar intercambio
entre el sueño y la vigilia
calmada placidez invade el ambiente.

Tu sombra llega a mi pausadamente
serpiente de humo y brillos monocromos.

Es hora de abrir los ojos,
de desperezar las ateridas
ganas de escapar del sepulcro
momentáneo que es la cama.

Aún hay que atender lo cotidiano,
en espeluznante trance,
en trasfiguración constante
entre hombre y máquina.

El criptográfico sueño
confunde mis respuestas
con tus preguntas,
trenzadas en acertijos
con desordenadas letras.

Del beso nocturno queda aún
un ligero rastro, tenue,
figura de tu preciosa boca,
tegumento descompuesto
en ósculos trigueños,
dorados sellos que mi rostro evoca.

Marcadas las espaldas tengo
con tus manos,
digitales frases grabadas
con el código bilingüe
de nosotros,
mi piel que habla tu lengua,
y te hace entender la mia.

Suaves roces dejaron
amplias marcas en mi cuerpo,
invadido del recuerdo
de tus erizados folículos pilosos.

Erguido el pecho siento,
y en él, como tatuaje,
aún tu latir acelerado,
impregnado de la humedad
erógena de tu pecho,
barnizado de un furor gozoso.

El cosquilleo trepidante de tus besos,
aún no abandona mi terrenal cuerpo,
pues mi alma, aún no desciende de tus cielos.

Aún me cubre el velo
que tejió tu mirada,
el tibio respirar
y el insensible sueño,
lo pegaron a mi cuerpo,
sigo atado a esa bella
reminiscencia de tu ser.

Aunque despierto, sigo yerto,
me levanto incierto,
diluyendo la inocencia del recuerdo,
dejando entre las sábanas tu espectro.

¿Cómo saber si tus lugares
íntimos habrán de consumirse,
consumarse, destruirse,
entre recuerdos vulgares,
luego de estos viajes estelares?

Vuelvo a esperar la noche,
vuelvo a esperar tu cuerpo …

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