De: Carlos Ernesto Medina Reyes

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Alma mía, que respirando sin preocupaciones,

Los polvos esqueléticos de las plagas humanas,

¡Claro!, que las larvas pueden llorar,

Llorando por las coagulaciones sin cerrar,

De estos organismos infestados de parásitos.

Parásitos……..

Parásitos que carcomen el néctar de la desesperación,

Cuando las moscas invaden por completo el alma,

El pecado y el odio aparecen en forma de oración,

De esta tierra que llevamos en la palma.

Palma misma……..

Que sin pensarlo fuera una herida,

En un profundo criadero de gusanos,

Liquidando la sed del dolor,

De condenados a subir del infierno.

Llamaradas de trincheras enfermas,

Bajo la piel de ritos de sangre,

Sin muros, sin límites, había un cementerio,

En que descansaba el virus del cielo.

Se equivocan quizás las ladillas,

Acicaladas silenciosamente del pelo,

Donde su enredo semi eterno,

Era agonía del revoloteo de mariposas en el estomago.

Duele ver el crecimiento de eucaliptos centenares,

En sus muchas trayectorias inocentes,

Con sus corazones miserables esclavizados,

En su pura y dura lágrimas de polillas.

Posible experiencia evolutiva de microorganismos,

Enseñados por el arte de remover el remordimiento,

Es historia de altos muros en nuestros huesos,

Que quizás y tal vez solo curable,

Con la extraña luminidad del placer exterior.

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Carlos Ernesto Medina Reyes

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