Carlos Ernesto Medina Reyes

Que en este cielo formado de algodón,

Por cristales de azúcares dulces,

De hielo de varios sabores,

Quizás de gotas de agua salada.


Entre suaves rebaños de antaño,

Grises, blancas, negras tornándose moradas,

En un eclipse la lágrima encerada,

Cantando naufrago en el baño.


Emprende un vuelo liviano,

En que los años de un pasado verano,

No eran vanos nuestros sueños,

En que nuestra almohada eran nuestros recuerdos.


Nube que aguarda en el ropero,

Galleta suave, crujiente deslizándose,

Surquemos entonces el remolino de tu frío saludar,

Dando paso al torbellino de la noche,

En la que Hernán Cortés lloró.


Mire, y desperté a 500m bajo tu solsticio,

Con el tatuaje de la libélula en mi ojo,

Con la esperanza de un vagabundo enloquecido,

Desperté, y la distancia de ti era de la realidad a la fe.


Debajo de mis pies, cortantes granizos,

Esperando que del estrecho del norte,

Tu aroma, fuera el sonido del crucero,

Donde tu sombra era mi arcoiris.


Mis figuras reflejadas en tus formas,

Tus formas figuradas en mi mente,

Me ataron al volar entre sueños solares,

Las ideas que engloban el alba de la despedida.


Aunque el viento disfrace nuestro sendero,

Y detrás una tormenta borrara nuestros recuerdos,

En ningún día estarás fuera del cielo,

Puedo jurar, que ciego cruzaré el estrecho mar.


Cuando del espacio los momentos se hacían presentes,

Del lienzo del cielo escribí una pintura,

Dibuje debajo del mar una silueta,

No pude entonces recitar el pincel del lienzo,

Que la nube se quedó en la misma fotografía,

En la que una sonrisa se convertía en tinieblas.

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Carlos Ernesto Medina Reyes.

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