Archivo de 29 septiembre 2010

Las palabras vacían

su contenido

como colmillos

de cascabel

en la mordida,

última defensa

del benigno ser

que repta la casualidad

de la vida.

No es emergencia fortuita

que no encuentre norte

ni estrella guía,

es consuetudinario proceder

mi errado navegar,

de tiburón senil,

que surca la oquedad,

sin encontrar

tu mar.

Templadas aguas me rodean

azules, verdes, renegridas,

silencio informe,

agua salina,

extensión vacía

de tus colores,

tinta transparente,

sin rubores.

En ella se sumerge

mi deseo, mi anhelo,

y siento los filosos

colmillos despiadados,

de las pirañas siniestras,

encarnación punzante

de mis culpas,

pagadas a fuerza

de mandíbulas furiosas,

siento el ardor

de mis errores,

tan pretéritos

como los dioses del agua.

  

Es entonces que las palabras

brotan como gotas de savia,

lágrimas de reptil alado,

que mata mis ideas

con su sangre fría,

con su escamoso semblante,

brotan hasta hacerse

un charco de intención

redentora en el desierto

donde repta mi angustia.

Es cuando mi respirar

persigue tu nombre

en todo rastro del viento,

alzando la cabeza

a la bóveda negra

que es mi casa,

tu nombre grabado en las estrellas,

en la vía de neutle,

y no de leche,

grabado con púas de maguey,

acerada certidumbre

de mi orfandad de ti.

Y no lo encuentra,

se pierde en las carcajadas

que el gran cosmos

formalizado en destellos,

en flamígeros puntos

que relucen burlones

su lejanía de mis huesos,

de mis huellas,

se pierde y no encuentra tu nombre,

sólo da cuenta de mis

palabras vacías,

ya sin veneno

después de la mordida.