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Las palabras vacían
su contenido como colmillos de cascabel en la mordida, última defensa del benigno ser que repta la casualidad de la vida.
No es emergencia fortuita que no encuentre norte ni estrella guía, es consuetudinario proceder mi errado navegar, de tiburón senil, que surca la oquedad, sin encontrar tu mar.
Templadas aguas me rodean azules, verdes, renegridas, silencio informe, agua salina, extensión vacía de tus colores, tinta transparente, sin rubores.
En ella se sumerge mi deseo, mi anhelo, y siento los filosos colmillos despiadados, de las pirañas siniestras, encarnación punzante de mis culpas, pagadas a fuerza de mandíbulas furiosas, siento el ardor de mis errores, tan pretéritos como los dioses del agua. |
Es entonces que las palabras brotan como gotas de savia, lágrimas de reptil alado, que mata mis ideas con su sangre fría, con su escamoso semblante, brotan hasta hacerse un charco de intención redentora en el desierto donde repta mi angustia.
Es cuando mi respirar persigue tu nombre en todo rastro del viento, alzando la cabeza a la bóveda negra que es mi casa, tu nombre grabado en las estrellas, en la vía de neutle, y no de leche, grabado con púas de maguey, acerada certidumbre de mi orfandad de ti.
Y no lo encuentra, se pierde en las carcajadas que el gran cosmos formalizado en destellos, en flamígeros puntos que relucen burlones su lejanía de mis huesos, de mis huellas, se pierde y no encuentra tu nombre, sólo da cuenta de mis palabras vacías, ya sin veneno después de la mordida. |
Archivo de 29 septiembre 2010 |
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La Twiettera
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