De: Esther Mandujano G.
A Raúl Hernández Viveros por su libro
“La generosidad divina”.
Me sumerjo en las olas del recuerdo.
Resbalan por mi piel las burbujas del agua
donde se atrapan los ojos invisibles
de aquellos que me amaron.
De aquellos que empuñaron
la copa entre los dedos para decir
mi nombre mezclado con letras de sus nombres.
.
Nadie sabe que existen.
Solo mi piel los guarda.
.
En las colinas verdes del encuentro.
En las mismísimas rayas de mis manos.
En los antros ocultos del silencio.
Solo mi piel los guarda.
.
Existen , porque habitan mi mente.
Quién mas tuvo sus voces
musitando al oído
esas viejas canciones.
.
Quién mas tuvo las manos
empapadas de besos
y entretejió sus sueños al corpiño desnudo
y amamantó el anhelo
de ser por un instante,
ave calor espuma.
.
Más aún,
todos juntos, los que me amaron y amé
son uno solo,
por eso, irrepetibles,
tienen un mismo rostro,
una boca sedienta de jadeante recuerdo,
un andar por las noches descalzos en la arena,
un nombre solo
que mis labios repiten como una letanía.
Un nombre solo
que se convierte en brisa cuando llega la noche
Un nombre solo.
Un nombre solo.
Un hombre solo.
.
Por eso, irrepetible,
cuando llega la aurora
me duermo en el recuerdo.
.
Hasta que nuevamente
regresen las burbujas
que nacen en las olas,
a entregarme su rostro
envuelto en la espuma.
.
Esther Mandujano G.