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Mentí al decir que te necesitaba

porque quería sentirte entre mis manos

llevarte conmigo a la escuela

cuando entonces no sabía de abecedario

ni de consonantes y todos sus enredos.


En mi cuaderno de nube

estan mis años rotos

los más pequeños

sin experiencia

los secretos

los más pobres

que se escriben

con lápices de luz y color

y con el íntimo grafito

grisáceo del corazón

que lo hace latir a pausas

obligado

en su tarea cotidiana.

En mi cuaderno de nube

hay enmarañados bosquejos

de lunáticos utopistas

que sueñan con la esperanza de un mundo

donde quepamos todos.

Mirna V. Viveros/ 2010


Bicolores de punta doble

que encienden las blancas hojas del cuaderno

con tercos y escandalosos rayones,

nacidos en libertad.

Cuántos tuve,

cuántos eran,

no lo sé,

nunca los conté.

Lápices de colores

empuñados

cuando la inquieta mano

hace del punto el universo.

Trazar con su afilada punta el horizonte

o el contorno de los sentimientos,

responder a la colorida emoción

que se aviva gustosa ante la inocencia.

Nunca más he vuelto a  garabatear

la inquietud del arcoiris

ahora mi vida está cuadriculada

con lenguajes de libertad condicionada

a la generación de los kilo y mega bytes

que aislan el romanticismo

del recuerdo de los lápices de colores.

Mirna V. Viveros / 2010

 

 Tráeme tu palabra Federico,

del mundo que  ahora habitas

donde el recuerdo te cobija

y por más que quieres

la luna no resucita.

 

que dolor, que dolor, que pena.

 

Préstame tu palabra  Federico,

deja que te robe algunos versos

porque cuando tu voz se pronuncia

titilan las estrellas.

 

de dolor, de dolor, de pena.

 

¿dónde han quedado tus restos?

Bajo laureles.

¿dónde las sepultadas lunas?

En tu garganta.

¡Federico! ¡Federico!

por todas partes yo también 

veo el puñal en el corazón  de la gente.

 

Que dolor, que dolor, que pena.

 

Mirna V. Viveros. Nov 24 de 2009

MERCEDESCOMO BASURA  AL VIENTO 

 

Haremos de cuenta que fuimos basura

pegó un remolino y nos alevanto

y al mismo tiempo de andar en la altura

el mismo viento nos desapartó.

 

La cautela, canción del s. XIX.

Rubén Méndez del Castillo

 

 

 

Por más que gire el mundo

nunca volveremos a vivir el mismo momento

ni la serena luz de esta tarde será la misma

ni mi amante con su amor fecundo.

 

Bulliciosamente gira el mudo y espera

mientras nuestros sentimientos

viajan a velocidad desorbitante

sin lograr fijar los recuerdos

que eufóricos saltan

arrancando la nostalgia dominguera.

 

Resistiendo,

espera el mundo

valiente espera

calladamente espera

abriendo los ojos espera,

que la sociedad

no pudra la sensibilidad justiciera.

 

Al girar

giro contigo aunque no lo quiera

aproximándonos al abismo donde lo volátil pierde sentido

y la voluntad centrífuga del amor

nos apresa en su errático furor.

 

 

Aunque gire la tierra y gire

no volveremos a ser los mismos.

 

Entre más gira, gira y gira

más nos alejamos

de lo que hasta hoy

hemos comprendido.

 

En esa espiral que va a ninguna parte

girando como remolino

que nos jala inmisericorde,

tu y yo giramos al verso de los zapatos que traemos puestos,

llevamos el mismo compás de la canción

que se entona con el nebuloso paisaje del mañana.

 

Al girar, giro contigo aunque no lo quiera

aproximándonos al abismo donde lo volátil pierde sentido

y la voluntad de la fuerza centrífuga

nos apresa en su errático girar

como basura levantada por el viento.

 

 

Mirna V. Viveros

Septiembre de 20

 

Para Manuel Martínez Morales


Bajo la sombra de la visera 

las cebollas lucen su elevado precio

tanto como las alineadas verduras

que a la vista pasan,

no hay nada que me asombre

del universo del supermercado

en esta panorámica demanda.

 

Bajo la gorra reviven las ideas

que de niña me animaban,

ahora ando sobre mecánicas piernas

ahora solo me regalan fatalidades

ahora no hay manera de ahorrar

ni de cambiar cuentas de olvido

por incitantes recuerdos.

 

Desde mi visera se dibuja la diferencia

no percibo el poema que me ronda

ni los versos que surcan el camino

la gorra mi perspectiva cambia y resiste.

 

Mi gorra negra lleva gusto

de ir, sobre mi cabeza dañada

por corrientes de modernidad

que atropellan la inspiración,

para reivindicar a las frutas y verduras

a las carnes y mariscos o a la patria

            —si así me place—

con versos subversivos de precios y calamidades,

pañuelos, zapatos, camisas o banderas

que renuncian a la miseria de la humanidad.

 

Podrías comprarte una gorra negra

tan negra como la mía,

que disminuya con su visera el deslumbramiento

del mundo comercial,

pero lo que no encontrarás en el supermercado

ni en ningún escaparate, por más cochino dinero  que tengas,

son ofertas de dignidad, porque la dignidad  ni se compra ni se vende,

la dignidad es el vestido más hermoso que se ha puesto el pueblo

cuando le han llenado de piedras el zapato.

 

Bajo la sombra de la visera de mi gorra negra

veo en la ciudad

calles y rincones anémicos,

personas y  animales callejeros anémicos,

muertos de frío y de miedo,

con hambre y muerte en el estómago,

pero gozosos de sus espléndidas plazas comerciales,

devastadoras del mísero ánimo que queda

en el arruinado epicentro de sus bolsillos

por el costoso espectáculo

de oler mirar

oír y reír

mientras el corazón

quiere dar a luz

su rota niñez de barrio

de monte

de cielo

dibujando  con lápices romos

en un cuaderno de aprendiz de nube

donde agonizan peces de colores

y pájaros, gatos y perros

yacen entre las ruedas de los autos

manchando el rígido pavimento

de la maldita ciudad contemporánea.

 

Bajo la manifiesta mirada de mi gorra

la tortilla tiene olor a petate de muerto

salidas de la máquina que las regurgita

como masa disecada en aparador

para las multitudes de ovejas taciturnas

que se friegan todos los días

de todas la semanas

de todos los meses

de todos los años

en el vaivén de la triste angustia

en este fragmento de historia

donde transita  la esperanza

como esbozo para los pobres creyentes

que piensan, como yo, en la libertad

de mirar bajo la visera de una gorra negra.

 

Mirna V. Viveros

Agosto 25 del 2009

  

 

 

 

De: Mirna V. Viveros

 

Escucha corazón, pon tus ojos en mi alma

quiero arrojar las tripas que no caben en el cuerpo

se están pudriendo de mirar  tanto dolor

tanta violencia, tanta ignorancia, tanto olvido

tanta muerte para  nada.

 

Ya no oigo ni veo la hora, ni el día que se acerca

hoy todo esta oscuro y la repulsiva televisión

vomita las noticias —aunque esté desenchufada—

tanta transa, tanto descaro, tanta impunidad,

tanto  sufrimiento, tanta muerte…

para  nada.

 

Escucha corazón, me nace la necesidad en la garganta

en los ojos, en las manos, en la espalda, en mis piernas, en mi cuerpo

para decir, clamar, gritar que me estoy muriendo de la muerte ajena

pedirte que sientas como me duele el dolor de los que no tienen trabajo,

casa, comida,  zapatos, salud, escuela.

 

Mira corazón, el hedor del capital que ha inundado al mundo

arrasando con lo que a su paso encuentra

tanta muerte para nada, nada, muerte, para salvarte

para nada,

corre con fuerza la sangre de la muerte

tanta muerte

para tan poca igualdad y fraternidad.

 

Mira corazón, tantos muertos apilados en Perú

que se quedaron soñando en el camino

dejando las pesadillas para otros.

 

¿Escuchas corazón? el golpe de la bota militar en Honduras

retumbando en toda América Latina

y mira, mira corazón, miles de muertos en toda la República de México.

 

Y tú como si nada,

vienes a sembrar un poema de amor poniendo su semilla en mis latidos,

me alienta la esperanza que has depositado en tu cuaderno de poeta

y me anima verte despierto, altanero, jovial y perturbado por la música de las estrellas

porque la locura, porque la locura…

corazón,

es la única salida que nos queda.                                                                 

 

Mirna V. Viveros

Julio de 09

 


 

 

La muerte de este angelito

no fue muerte natural

fue del sistema social

que nos mata de a poquito.

 

Oscar Chávez

 

 

5 de junio, dos y media,

ocaso, tres de la tarde.

Hermosillo, Sonora.

 

Los tuyos no fueron

ni los de ustedes

cuarenta y ocho

cuarenta y ocho son.

 

Jimena, Juan Israel,

Javier Angel, Julián,

Santiago, mi Yeye,

mi terrón de azúcar,

cachito de nombres.

 

No, no es tu pena

ni la de ustedes

pero ¡ay! como duele.

 

Tomaban la siesta

y el fuego los sorprendió soñando.

Soñaban sí, esos pequeñitos,

con globos y fiestas.

 

Sueñen, sueñen que sus madres

justo salario un día ganarán

para que nunca, nunca más,

los tengan que dejar.

 

Sueñen, sueñen que sus abuelos, padres y hermanos

construyendo están

una sociedad

sin bodegas como guarderías

ni cárceles en garantía.

 

Ya se murió el angelito

y no quisiera llorar

quisiera poder matar

al culpable del delito.

 

¿Culpables?

 

¿Acaso hay culpables?

 

En este pais lleno de malos gobiernos

todo sucede por accidente.

 

¿Y a usted por qué se le salen las lágrimas,

acaso no tiene respuesta?.

 

Cuarenta y ocho, cuarenta y ocho van.

 

¿A ver qué es más terrible?

 

Morir baleado, plagiado,

torturado, decapitado,

de una enfermedad curable

asfixiado, quemado o de hambre.

 

¡Vamos, pero dígame!

 

¿Por qué estos niños murieron chamuscados,

carbonizados, ennegrecidos, incendiados, inflamados…

en una bodega que servía de guardería?.

 

Ya se nos fue este angelito

quizá cuantos más se irán

a causa del maldito mal

de haber pobres y haber ricos.

 

Achicharrada conciencia que no te deja ver

y te hace sentir como animal acorralado,

porque nacer en este país, en esta ciudad,

en este mundo, neoliberal, es el accidente más grave

que puede a alguien sucederle.

 

Mirna V. Viveros


 

Siempre habrá miel en el bebedero,

ropa limpia en el ropero, lo sabes,

y un platito de arroz en la cocina

donde cotidianamente el corazón

se alimenta con el destello de tus ojos,

llévame en ellos a donde vayas

para gozar en tu mirada,

el revolotear de colibríes,

las sonrosadas nubes

y el sol cayendo a cubetadas.

 

Llévame en tus ojos,

a donde vayas, iré contigo,

te seguiré a lo loco

sin preguntarte nada,

llévame en tus ojos

en tu olfato

en tus oídos

en tu garganta

en tus poros.

 

En tí, amor,

en tu sudor, color, ardor,

en tus venerados ojos.

 

Siempre hay miel en el bebedero,

ropa limpia en el ropero, lo sabes,

y un platito de arroz en la cocina

esperanzado de tu boca

de tus manos

de tus dedos

que aligeran mi cuerpo.

 

Llévame contigo a donde vayas,

recoge estas ansias que tengo de quererte,

y guárdame en la vagabunda mirada…

de esos ojos placenteros.

 

Llévame en tus ojos

para conocer tus pesadillas,

mi realidad, nuestros sueños,

tantos, como treinta años ha, que quiero.


Mirna V. Viveros


 

Comienzo el día escuchando florecer

de tu boca, refulgentes palabras

que ensanchan la alameda de mis sueños.

 

Tanto espacio, tanta luz…

Tanto amor en ti esperando.

 

Florecidas flores

que cantan la calentura del sol

y entonan himnos de paz.

 

Palabras floreciendo

como enredaderas

en las enramadas de mis ojos.

 

Enramadas de palabras floreciendo

como enredaderas de mis ojos.

 

Con tanta luz, con tanto amor…

 

Todo tu, despilfarras con alegría

endulzadas palabras en mis oídos

como chocolate para el corazón.

 

Palabras que denuncian la existencia

y desfilan con ánimo, ríen, ríen

y bailan con tus sueños.

 

Esperando, esperando tanto, en ti…

 

De querencia jugueteando, palabras floridas

sácalas, sácalas y dilas de una vez por todas

antes (de) que se apague la hoguera que nos alumbra.

 

Mirna V. Viveros

 

Apresto el corazón

a los secretos

que embriagan

y seducen.

 

Amor, amor

sólo hay aquí,

por dentro, fuego

que consume.

 

Amor, amor

aquí solo hay

en mi morada

tálamo de mieles,

y digo enamorada

¡Ay amor!,

cuando tu voz rasga

el silencio,

no hay, adivino,

mas aprecio

que me cause desatino

y sofoca

que el suave  universo,

de tu boca.

 

Mirna V. Viveros