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Terso día sin bendiciones,
la calma se mece en los rayos del sol,
el aire tímido conduce calor,
y un susurro entre sus labios, etéreos:
el secreto arracado a tu voz.
Vendrás pronto, a amarme,
con mi luna y tus estrellas,
a medio día, tibia de amor.

Con el dulce de tu alma
y la alegría de tu carácter,
te saludo hoy,
como nunca y como siempre
estremecido hasta los huesos,
madre,
te saludo,
deseando doblegar la circunstancia.

Con la esperanza
de una tarde antigua,
de una mirada cómplice y divertida,
de un carcajada estridente,
relámpago que irrumpe
iluminando el día,
aunque fuere media noche.

Con la esperanza
de estar a la escucha
de un trabalenguas,
ametralladora certera
que deshojaba palabras
en virtuosa presunción
de don de lenguas.

Con la añoranza
de los rezos,
y las alabanzas,
de las preguntas
y los ejemplos,
del recuerdo
que va en fuga,
no antes del
último beso previo al sueño.

Con la esperanza
de lo eterno que dura
hasta que la memoria que somos
se esfume… como incienso.

Con la certeza
de lo dura que es tu voluntad
obstinación cotidiana,
de calmar las aguas
de la tormenta desatada.

Con el anhelo de tu
solemne inconsciencia
divertida mezcla
lúdica devoción por lo increíble,
tu postura inamobible,
tu profusas creencias,
tan firmes como ayer.

Con la resignación
como promesa,
como benévolo bálsamo,
como barca que nos lleva,
al mar de desconsuelos.

Con la impotencia
del que nada hace
porque nada sabe
porque nada puede…

y ve pasar la vida
como el atardecer
como un puñado de arena,
que se va,
sin que nadie se de cuenta,
y al cerrar la mano,
poco queda de su luminosa tierra.

Al oírte fracturar palabras con tu risa
me desperté:
sonora invasión de aves blancas,
graznido armonioso que desvela anhelos.

Desgarra el mundo con tu paso,
llena mis arcas vacías
con la sangre del viento.

Tú que floreces desiertos,
tú que escampas tormentas.

No me des veneno,
si no es con tu boca,
no me dejes perecer,
con la cicuta que no he tomado,
líbrame de la maldición de tu ausencia.

Que levite mi cuerpo ante tu voz,
quémame con el sol de tu universo.

Tú que renaces al alba,
tú que aconteces a diario,

Tú, que te llamas memoria,
escríbeme en tus huellas digitales,
en tus granos de luna,
en tu luz que no se acaba.

Llévame en tus alas,
redimido ante la historia,
vuelto color,
vuelto plumaje,
adherido a ti,
bondad que no se apaga…

El grito suave de la noche
apresura la ternura,
con un beso, con dos,
pasa la vida,
tu mirada sonroja
mis siete lunas, con sus soles,
inflama el paraíso
de furia enternecida…

[Un día rescaté
una orquídea de un infierno,
crecí un poco
y olvidé cuidar de ella,
le crecieron anhelos...
y orquídeas nuevas,
y en mi mente,
demonios color rojo,
como sus matizados pétalos...]

Tanta gente,
tantos ayeres,
tanta inspiración
por los ocasos,
y siguen vivas
las orquídeas.

La noche marinada
con suspiros,
las luciérnagas
vueltas estrellas,
mi mano buscando abrigo,
mi corazón tocarte.

Y siguen vivas
las orquídeas,
persistente negación
del abandono.

El viento recorriendo
mi rostro,
insinuando primaveras
esculpiendo la sonrisa resignada
del que espera nada,
y nada encuentra.

Y siguen vivas
las orquídeas,
señales discretas:
aún hay perfume en las palabras.

Si consiguiera
pronunciarlas
y sembrar orquídeas nuevas…

¿Sé reconocer, o no sé?:
O ser preciso, o ser preso, o si ser… preso,
¿es o no reconocer?, ¿es?

Luz, a la mar se va sola, 
     so revés: 
       no sol,
         Se le anula la luna, él es. 
         Hoy, ese trama amarte, sé yo 
       lo son 
     severos
halos, aves, ramal azuL.

Los camiones hacen fila
esperan devorar gente,
el humúnculo que los mueve
duerme cansadamente,
como esperando el día
de la jubilación,
pero ya no hay tal consuelo,
vivimos el tiempo de la orfandad social
la selva con su terca obsesión
por ser más piedra que flor,
más arena que pétalo,
consume ojos y días
en el trabajo de intentar mirar el sol
se convierte en presagio
del obscurantismo que nos traga…

Quiero tomar
del instante
en que te mueves
la interrogación
de tu figura.

De tu respirar,
la posibilidad
de darme vida,
para seguirte mirando.

Del espacio que ocupas,
el adorno de tus pasos
del sinuoso camino,
las crestas de tu andar,
de tu reposo, los valles.

De tu sueño, el descanso
y su facultad
de volverte niña
(pequeña figura),
de sumergirte
en trance de hermosura.

De tu risa,
su potencia encantadora
torrente de esmaltada luz,
para colorear mis días,
mis madrugadas.

De tu industrioso pensar,
el mecanismo del ingenio
que me haga darte flores nuevas
un entendimiento extendido
de mi caverna a tu cielo.

De tu tacto,
la suave impresión
constancia digital
de tu existencia.

De tu escritura,
el mensaje más sutil
para conmover tus ojos
con mi nombre
formado por tus letras.

De tu palabra,
el simultáneo gozo
de pronunciar y oír
una frase decidida
creadora de un eco
que nos nombre.