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“¡Tampoco quiero una tregua!”, le espetó al espejo.
Hacía ya varias meses que ensayaba el tono de la voz, las muecas de la cara: “¡Tú como yo sabes que estás perdiendo el tiempo!”.
Ella de pronto bajará la mirada, y dirá: “¡No, por favor, una oportunidad, sólo una…!”
Una lágrima rompió el radiante momento cuando recordó que aquello no era sino una escena de su teatro.
Despacio volvió a acomodarse ante el estrado-tocador, limpió ojo por ojo los residuos de agua.
Se recostó a contemplar sucesos pasados, detalles que fueron amargos, para con ellos sostener su voluntad tan amainada.
Su desdicha se centra en saber que siente una extraña predilección por mujeres malvadas.
Agudiza el oído para escuchar la lejanía de la tarde, encerrado en sus precarios arranques de dignidad masculina.
“¡Te dejo porque no encuentro en ti solidaridad alguna, ningún parentesco conmigo!”.
“Es la mujer el pilar que sostiene al hombre o en su caso le echa abajo. Hace tiempo que tu tierra ¿no me deja crecer!”
Ella, con los ojos desorbitados, clamará “Que esto va a pasar, que va a poner empeño en ser otra”.
Radiante ante el espejo, con una sonrisilla de triunfo, le dirá: “¡Déjame pensarlo un poco! No podría decidir qué quiero ahora…”
Regresan las lágrimas a sus ojos, llora con tanto sentimiento, de quien quiere ahogarse con sus propias aguas. Sabe que la tipa se mofará de él y sus dramas.
Triz, triz, triz. Sí, sí, ah. “¡Cómo estás amor…? ¿Qué…? ¡Dónde estás…? Va… Sí, te veo en quince minutos”.
El armario se abre, la bufanda azul combina con la chaqueta miel, y el reloj de correa siempre es bien visto en cualquier ocasión.
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Del libro: LA EMBOSCADA, cuentos prosaicos.
Isis Samaniego Ed. Zetina 2012
La Twiettera
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