Manuel Martínez Morales
Mientras esperaba
frente a mi puerta
a ver pasar el cadáver del imperialismo
(el papel de Job no cuadra con el de revolucionario)
otros cadáveres pasaron ante mí:
el de un hombre destrozado
en medio de la carretera
el cráneo aplastado
y sobre el vientre descubierto
unas cuantas monedas
y una botellita de aguardiente
-vacía.
¿cuáles serían los últimos sueños de este hombre
cifrados en esas mugrientas monedas
y la botella de licor?
Otro, el cuerpo de un hombre
pendiendo de una cuerda,
vivía solo
no tenía a nadie
decía la nota;
el diagnóstico, fatal,
sólo unos cuantos meses de vida
no quería afrontarlos
en soledad.
En tanto en todo esto cavilaba
una mujer
de manos pequeñas
y un humilde corazón
me dijo: no temas
ven conmigo,
mientras tomaba mis manos
con sus pequeñas manos
y me abría su generoso corazón.
Me levanté y fui
(el cadáver del imperialismo no se avistaba aún)
con la mujer
de manos pequeñas
y un inmenso corazón.
Tantos muertos
en los paraísos artificiales,
de la droga y la borrachera,
o en la desesperación
de una vida cancelada,
mientras otros
esperamos
frente a la puerta
a ver pasar el cadáver del imperialismo.
Seguí tras la mujer
de manos pequeñas
y un hermoso corazón,
esa mujer
de manos hermosas
y un valiente corazón
abrió mis ojos
sin hablar
haciéndome mirar
en el profundo abismo
de mi doliente conciencia,
con sus pequeñas manos
tomó mi corazón
(en tanto yo seguía esperando ver pasar el cadáver del imperialismo)
y lo hizo suyo,
afirmando, preguntó:
“¿no ves que estamos enfermos de conciencia?”
Mientras tanto, otros cadáveres
miles, millones,
aplastados por el monstruo imperialista
desfilaban ante nosotros.
La mujer
de manos pequeñas
y un amoroso corazón
me levantó, me hizo andar
y yo, demente ya, aún alentaba la esperanza
de ver pasar el cadáver del imperialismo.
Dic. 2010